viernes 28 de agosto de 2009

La barca de los necios


La barca de los necios
(Clima babélico, agua caliente y simulacros conexos)
Por Mario Roberto Morales


Es cosa sabida que los artistas plásticos son casi siempre incapaces de hablar de su propio arte en términos explicativos. Lo suyo no es el verbo. Y, por el contrario, también se sabe que muchos escritores –sobre todo si son primerizos- explican demasiado bien “su obra”; al extremo de que sus razonamientos suelen superar con mucho los alcances literarios y la frondosidad de ideas y estéticas que se propusieron inventar.

En nuestro medio, donde no suelen existir mecanismos ni instituciones encargadas de transmitir la herencia cultural ni de sancionar críticamente la producción artística y literaria, es muy frecuente que los artistas y escritores noveles descubran con alegre entusiasmo y desbordada alegría el agua caliente. Esto es particularmente visible en las entrevistas que las secciones de farándula y cultura de los medios masivos perpetran sobre estos incipientes cultores, en especial cuando ellos se ponen a explicarle al mundo de su localidad en qué consiste su imperecedera contribución al bienestar estético de la humanidad.

Explicaciones que fueron sistemáticamente formuladas en manifiestos como el futurista o los del surrealismo, ahora resurgen como caricaturas de las prácticas y convicciones casi épicas de las vanguardias de principios del siglo XX, cuando sus exponentes trataron de estirar hasta el borde de la desintegración las posibilidades de las tradicionales “bellas artes”, con el objeto de hacerla dignas expresiones de la segunda modernidad o de la industrialización pesada.

Como sigue vigente la validez del dicho aquel según el cual “no hay peor crítico que el que no quiere leer”, quizá el mismo también explique el hecho de que en nuestras tórridas latitudes no exista una institucionalidad debidamente calificada que se encargue de sancionar la creación artística y literaria, de ordenarla históricamente y de discriminar la paja del grano. Es por ello que la copiosa producción artística y literaria “de ruptura” que nos agobia más que los torrenciales aguaceros de mayo, cae como bomba de racimo sobre el criterio de lectores sin más orientación estética que las opiniones de quienes se aventuran a darlas en las secciones de farándula de medios de comunicación oligárquicos, provocando así una miríada de diálogos bizantinos que se escenifican en los también proliferantes “espacios culturales”, auspiciados por las embajadas de países que a menudo son los donantes de la fuerza que mueve a la sociedad civil y a la sociedad política en nuestro ambiente: la cooperación internacional, que también financia ediciones de libros por medio de las ramas locales de las transnacionales de la edición.

No vamos a hablar de cómo las transnacionales desnacionalizan la economía de los países del tercer mundo, y mucho menos de cómo anulan los esfuerzos de las editoriales locales, porque al hacerlo tendríamos que incluir al quehacer editorial local como un elemento más de esta Babel tercermundista en la que los monólogos entre autores, lectores, críticos de ocasión y descubrimientos rupturistas de vieja data, no logran darse la mano, dejando siempre al neófito que se acerca a escuchar o leer estos desencuentros con la fea sensación de que es más tonto de lo que creía, porque su inteligencia no está en capacidad de poner un orden mínimo en tan colosal galimatías.

Este es el telón de fondo que decora los enfrentamientos entre artistas y escritores, en los que la colisión de egos e ignorancias sólo apaga sus estruendos en sordas (y sórdidas) ingestas prolongadas de estupefacientes, con lo que estos vernáculos émulos de Rimbaud y Verlaine hallan un alivio momentáneo al hecho brutal de no haber nacido en París a fines del siglo XIX ni haber escrito en tono existencialista después de la segunda guerra mundial. El melodrama de “lo que pudo haber sido y no fue” envuelve así sus vidas como un capullo de seda, haciendo que decidan fabricar espejos distorsionadores de su propia imagen para poder vivir una cotidianidad ante la cual no se les ocurre rebelarse sino tan sólo acongojarse, acojonarse y victimizarse.

Es así como la queja neurótica, el berrido existencial, el simulacro del mal humor escamado, la moda “emo” y el aferramiento al lastimoso síndrome de Peter Pan, los hace deambular por este valle de lágrimas atravesando tupidas selvas de oenegés y financiamientos oligárquicos e internacionales para exponer y publicar sus obras de ruptura, sin darse cuenta de que el rupturismo es, desde hace mucho tiempo, una tradición manida, y lo es especialmente en esta época, cuando las transnacionales del arte y la literatura han “educado” ya muy bien a su mercado para consumir productos ecualizados, de esos que convierten los problemas en “temas” para que el picoteador turista de la lectura pueda visitar diferentes parcelas de la realidad sin tomarse la trabajosa molestia de vincularlos, es decir, de problematizarlos para comprenderlos en sus relaciones, desarrollos y consecuencias.

Es por esto que el hedonismo como criterio de calidad estético-literaria se ha entronizado en el gusto del público, a tal grado que solemos pensar que una obra pictórica o literaria nos debe gustar de la misma manera que nos gusta un helado de mango para que sea buena. O nos debe captar la atención como lo hace un videoclip para que sea interesante. O nos debe repetir fórmulas de autoayuda a la New Age para que sea profunda. La “tematización” como sustituto de la problematización de lo real forma parte de la educación en este consumismo hedonista, inconexo y yuxtapuesto que, de los anuncios comerciales y comedias de televisión, y los telenoticieros y diarios escritos, se desplaza a las obras literarias y pictóricas, al cine, a la fotografía y al trabajo creativo en general. La desproblematización de lo concreto la logran el mercadeo y la publicidad por medio de la propuesta hedonista como criterio de diversión, de calidad estética y hasta de veracidad científica y eficiencia educativa, desembocando así en el paradigma de la liviandad (lo Light) como ética, como estética y como política posmoderna.

Como los científicos sociales continúan ensimismados en la coherencia interna de sus aparatos metodológicos y en el esfuerzo de embutir lo concreto dentro de esa coherencia formalista, no consideran la cultura como un hecho social y, por tanto, como un objeto de estudio de las ciencias sociales, pues no pasan de verla como un epifenómeno de lo que consideran lo social-concreto, es decir, lo medible y cuantificable de la sociedad. Esto hace que se desentiendan de la problemática de la producción, circulación y consumo de bienes culturales industrialmente fabricados, y de la producción artística, crítica y literaria como un quehacer humano que está regido ya por la lógica cultural del mercado, así como de interpretar la penosa proliferación de obras y autores livianos, cuya originalidad pretende ser construida sin leer ni comprender a quienes los antecedieron, reclamando para sí una genialidad espontánea cuyos ejemplos encuentran en la noción de “celebridad” que el Biography Channel les ofrece para no tener que jerarquizar, entre otras, las vidas de Gandhi y Michael Jackson, de Madonna e Isadora Duncan, de Al Capone y Nguyen Giap, de Dostoievski y Paulo Coelho, a todos los cuales ofrece como “celebridades” a secas mediante un horizontalismo ecualizador deshistorizado y desjerarquizante que los medios masivos del sistema llaman “democrático”.

Muy unido a este criterio ecualizador voceado por la posmodernidad consumista del capitalismo corporativo transnacional, se encuentra la santificación de la Internet como espacio de libertad horizontal, dentro de la cual se quiebran supuestamente las jerarquías tradicionales del conocimiento letrado, como si la Internet no fuera ya un conjunto infinito de portales de publicidad y de incitación al consumismo, en los que tanto la información como el ejercicio de la libertad de criterio están controlados e inducidos hacia prácticas masificadas que vienen envueltas en actos de supuesto individualismo, originalidad y libertad de elección, uniformando a todos sus fans en la disciplinada práctica masificada del simulacro en sus múltiples posibilidades.

Si es cierto que no hay peor crítico que el que se niega a leer, igualmente lo es que no hay escritor más patético que el que pretende ser un genio de la literatura sin conocer críticamente la tradición letrada que ha llevado hasta sus pueriles delirios de grandeza. Si existen niños prodigio de la música y el canto pero no de la literatura, es porque la literatura implica la necesidad de una formación letrada amplia y profunda para poder llegar a ser capaz de enriquecerla, y eso toma tiempo, años de adquisición de conocimiento, experiencia y maduración. Es para facilitar la transmisión de esta herencia cultural que sirve la comunicación intergeneracional. Por eso, darle la espalda a alguien a quien se considera obsoleto sólo por tener veinte o treinta años más que una persona, es tan estúpido como darle la espalda a otro sólo por tener esos mismos años de menos y considerar que eso lo convierte en un inepto.

La construcción de la noción de “juventud”, tal como la conocemos, es reciente. Se remonta a los años 60 del siglo XX, y fue inventada en Madison Avenue para dirigirse a un segmento poblacional de mercado que se produjo luego de la aplicación del Plan Marshal, que constituyó una inversión masiva de capital para la reconstrucción de la vencida Alemania nazi, lo cual catapultó a Estados Unidos como potencia mundial y trajo consigo la entusiasta explosión demográfica de los Baby Boomers, a quienes los Mad Men de Madison Avenue recetaron “rebeldía” para que consumieran productos diferentes a los electrodomésticos de sus “cuadrados” padres y fortalecieran así un sistema que basaba la prosperidad interna de su ciudadanía en el consumismo disciplinado. “Rebélese: use jeans de esta o esta otra marca”, es una consigna que equivale a “Sea un escritor rebelde: escriba como Kerouac o Salinger (quienes nunca quisieron tener ese membrete), simule ser un outsider, desencántese del sistema y escriba sobre su malestar para ser publicado por una editorial transnacional; consígase un agente literario conservador y gane un premio de mercadeo editorial para hacerse famoso por vendido. Verá que el sistema lo acogerá y lo respetará como una de sus indispensables negaciones rebeldes, desadaptadas y contestatarias. Mercantilice su disenso. Ante todo la democracia, sí señor”. Y sigamos haciendo del mito estéril de la contracultura uno de los más jugosos negocios del conservadurismo capitalista.

El simulacro, esa divisa posmoderna en la que casi todo el mundo sucumbe temporal o permanentemente, ha absorbido a la literatura y el arte, y a los escritores y artistas que miden su calidad por el número de libros o exposiciones realizadas en editoriales y locales santificados por la publicidad y el mercadeo. ¿La Literatura con mayúscula? Bien, gracias, por ahí, pasándola, esperando a ser producida por buceadores de la tradición letrada y artística, de esos que más que entretener a sus lectores buscan plantear problemas relacionados con la condición humana, no por moda “filosófica” sino porque encuentran en el acto de escribir o crear arte, su manera de explicarse a sí mismos el sentido que tiene el estar presentes aquí y ahora, preguntándose lo que significan ese ahora y ese aquí.

En un clima babélico que orbita en torno a la lógica del mercado, bien vale la pena fundar espacios fuera de esa lógica, en los que, con paciencia y perseverancia, nos forjemos como seres críticos (capaces de ejercer nuestro criterio), radicales (capaces de ir a la raíz de los problemas) y libres (capaces de desarrollar valores y convicciones insobornables). No se trata de fundar un nuevo colegio de “educación integral” o una nueva universidad para formar cuadros en administración de empresas culturales, sino de asumir y compartir la esencia humana libre y creadora a la que venimos renunciando desde que aprendimos a vender nuestra conciencia y a comprar el reconocimiento de los necios, y decidimos subimos a la barca en la que ellos navegan con furia hacia la más espectacular (y recién “descubierta”) caída de agua (caliente) que podamos imaginar.

Ciudad de Guatemala, sábado 21 de marzo del 2009.


* Publicado en la Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala No. 11 (enero-marzo, 2009).

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Tomado del Blog LAS PUERTAS de NORA MÉNDEZ

2 comentarios:

davidenriqueng dijo...

Compañero de las letras…
Hay tanta verdad en el escrito que duele que sea verdad…
Primera vez que mis ojos recorren este espacio, pensé que únicamente escribías por el blog internatural y grande mi sorpresa que mi
Antiguo blog incluso está en tus vínculos recomendados… ¡¡Muchísimas gracias!!
Te agradecería si pudieras modificar el link a: http://davidenriqueng.wordpress.com
cuyo nombre es: Algo Propio.
Voy a estarme pasando más seguido por acá…
Sigue haciendo cultura…
¡Paz!
David.

Songo dijo...

Hola David,

En un mundo donde la necedad e insensatez parecen dominar, mantener la cordura y lucidez parece una tara, una peste.

Un gusto recibir tu visita y comentario.

Procedo a hacer el cambio en tu link!

Paz